domingo, 22 de febrero de 2015

Vida pseudo-adulta: Siempre conectados

La mayoría de los que ahora nos hemos convertido en alegres pseudo-adultos, tuvimos la suerte de crecer en un mundo en el que el internet prácticamente no existía. Y no sólo internet; tampoco habían teléfonos móviles. Sé que ahora puede ser difícil de imaginar para muchos, y que probablemente estoy sacando mi lado más anciano (y cuando yo era joven, por 500 pesetas iba al cine con palomitas y todo, true story), pero eran tiempos muy distintos, y oh, qué encanto tenían. Estaba toda esa magia que supone hablar con una persona cara a cara si quieres conocerla, no saber dónde están los demás a todas horas, y el hecho de realmente tener algo nuevo que contar cuando te reencuentras con alguien después de un tiempo. Era el época de las cabinas de teléfono, de las cartas y de estar en la calle poniéndolo todo perdido con las cáscaras de las pipas (vale, yo no porque me siento muy mal si ensucio la calle). Ays.
Y no creáis que estoy diciendo que no me gusta internet, no, yo adoro internet. Porque seamos sinceros, hacer trabajos para clase buscando la información en enciclopedias de tomo y lomo no tenía ninguna gracia. Y el hecho de que la gente no dispusiese de móvil para llamar en caso de emergencia hacía de los 90 una época dorada para los secuestradores y pirados varios. Pero aún así, hay cosas que son demasiado para mí.



Últimamente no paro de ver por todas partes alabanzas de lo genial y súper necesario que es estar siempre conectados. Existen tropecientas redes sociales destinadas a regalar a los demás un poquito de tu vida por montones de medios distintos. Y, por si no disfrutamos bastante de ellas en nuestros ordenadores, las tenemos en los smartphones. Sí, esos cacharritos que nos llevamos a absolutamente todas partes con nosotros y que en el momento en el que nos vemos separados de ellos nos hacen sentir profundamente ansiosos y desamparados. Pero es que es necesario que los tengamos con nosotros, porque oye, cuando Mengano suba la foto de su comida querrás ser el primero en saber qué le ha tocado hoy en el menú de la dieta, ¡no querrás ser el único que no se ha enterado! Y si os fijáis un poco cuando salgáis por ahí, veréis enseguida el horror: gente en todas partes con las narices metidas en los móvil. Peña sentados a la mesa en un restaurante con otras personas que en vez de socializar con quien tienen enfrente, lo hacen con personas que no están ahí. Por todas partes gente abstrayéndose de lo que les rodea a propósito. Y yo ya nos veo a todos convertidos en esos gorditos en sillones voladores que salen en Wall-e. Y joder, a mí el color rojo me favorece, pero preferiría no tener que llevar siempre esos horripilantes monos.

He aquí un vídeo de alguien que comparte mi visión.


Y el problema no es que existan todas esas redes sociales, o los smartphones, o que yo sea una paranoica total, no. El problema es el uso que les damos. Yo, que siempre he sido una pasota total, una pasota de campeonato, de competición olímpica (niños, no seáis como yo), que nunca he tenido el más mínimo interés por cotillear la vida de los demás, me sorprendo a mí misma conociendo todo tipo de detalles sobre personas con las que no he compartido más de ocho horas de mi vida. Y de alguna forma, me siento un poco mal por saber tanto de gente que es prácticamente desconocida para mí. Creo que conocer tantas cosas de cómo es, cómo piensa o qué cosas ha vivido una persona, es algo así como un premio por la relación que hayas construido con ella (atención: pensamientos noventeros). Pero no, hoy tener tanta información personal de alguien sale muy barato. Y a mí todos esos detalles sobre sus mascotas, sus líos, sus noches de fiesta, sus pensamientos profundos de tarde de domingo, sus desayunos y sus viajes, sinceramente, me abruma, me atonta, me llena la cabeza con montones de datos que no deberían estar ahí. Por otro lado, yo también me siento un poco acosada. No soporto que me suene el móvil por las notificaciones, que todo el mundo pueda contactarme en cualquier momento del día, y ese acuerdo tácito en el que por lo visto todos tenemos que estar disponibles a todas horas (¿os habéis dado cuenta de que Whats App no tiene opción de apagar? Yo sí). No soporto estar conectada siempre.



¿A alguien más le pasa? ¿Sentís una extraña añoraza por los viejos tiempos? ¿Formamos un grupo de apoyo para inadaptados 2.0?





* Nota sobre el cinismo: Sí, yo uso muchas aplicaciones y redes sociales a diario. Y tengo una relación amor-odio con prácticamente todas. Me siento absorbida por ellas y las detesto al mismo tiempo que no puedo dejar de admitir lo muy útiles que pueden llegar a ser. Por desgracia para mi estatus de rarita, no puedo dejarlas completamente de lado por temas laborales, pero he empezado a limitar mucho su uso personal y tengo previsto seguir haciéndolo. Por supuesto, todo lo relacionado con Los jueves del hambre, está fuera de peligro.

2 comentarios:

  1. Hola!

    Lo primero, enhorabuena por el blog, me encanta! Os sigo desde hace un tiempo, pero creo que es la primera vez que comento^^

    Me siento totalmente identificada con lo que explicas en el post! Yo también soy de los noventa y a veces echo de menos vivir sin tanta tecnología. Muchas veces pienso que seguramente vivíamos mejor.

    Yo reconozco que me gusta cotillear en las redes sociales lo que hacen mis conocidos (para que engañarnos, lo del Facebook en su gran mayoría son conocidos, no amigos), pero en cambio no me gusta que todo el mundo sepa lo que hago o dejo de hacer. Las cosas que subes en la red se quedan allí para siempre, y no sabes cuando te podrás arrepentir de haber subido tal foto o tal comentario.

    Lo dicho, enhorabuena por el blog y seguid así^^ Por aquí teneis una fan discreta :P

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    1. Muchas gracias :) Nos alegramos de que te hayas animado a comentar ^^

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