martes, 9 de septiembre de 2014

Vida pseudo-adulta: 5 cosas que nunca pensaste que llegarías a amar

¡Bienvenidos a Vida pseudo-adulta, la nueva sección semanal de Los jueves del hambre! En ella hablaremos de cómo uno durante el instituto siempre tuvo esa imagen de que al entrar en los veinte la vida sería maravillosa (gratificantes estudios universitarios, trabajos a media jornada en los que todo el mundo sonríe tanto que parecen sacados de un anuncio de Colgate y todo el mundo te trata estupendamente mientras te sacas un dinerillo para tus caprichos, fiestas todas las semanas llenas de gente guay, la estupenda perspectiva de independizarse, y todas esas metas profesionales y personales que empiezas a cumplir mientras disfrutas de la total libertad de ser un adulto) pero que cuando realmente llegas, la realidad te explota en la cara y te das cuenta de en la que te has metido. Admitámoslo, ser un veinteañero es mil veces más fácil que ser adolescente, al menos cuando estabas en el instituto podías cogerte rabietas y actuar de la forma más estúpida que siempre tendrías la excusa de estar en la edad del pavo. Pero todo eso se acabó. Compórtate, ya eres un adulto. O eso se supone...

Para esta primera entrada vamos a hablar de 5 objetos a los que nunca prestaste atención pero que en cuanto te tocó empezar a medio vivir por ti mismo te diste cuenta que eran fruto de mentes brillantísimas y sabes que ya no puedes vivir sin ellos. Advertencia: puede que estés a punto de ser atacado con montones de anécdotas personales.


1. El tupperware.
Es un clásico, y no sin motivos. Su existencia empieza justo el día en que decides irte a vivir fuera de casa, antes de eso, no tienes ningún recuerdo de ellos. Pero cuando estás por tu cuenta, toda tu comida pasa a vivir dentro de un tupper. Y no sólo está la que tú te preparas, que termina ahí dentro envasada porque no tienes ni idea de calcular raciones y cada vez que cocinas pasta pones la mitad del paquete de macarrones aunque sólo vayas a comer tú "por si de caso", no, también están los tuppers de tu madre, y los de tu abuela. Que no importa si, como yo, a los trece años ya te cocinabas tú la comida todos los días, ellas siempre asumirán que no sabes hacer nada por ti mismo (y no intentes demostrarles lo contrario, será esfuerzo en vano) y creerán seriamente que estás en peligro de inanición, así que cada vez que te vean te cargarán con montones de tuppers llenitos de paella, fideuà y otras cosas deliciosas. Que oye, cuando no te apetece cocinar (es decir, seis días a la semana), viene estupendamente. Benditas abuelas/madres.





2. El microondas.
Va unido al tupperware. Porque seamos sinceros, sin él no podrías comerte lo que guardas ahí dentro la mayoría de las veces. Éste ya lo usabas antes, sí, pero nunca habías dependido tanto de él.






3. El Eno.
Esto pasó en el primer piso en el que viví por mi cuenta, durante mi brevísimo paso por la universidad. El sitio en el que yo estudiaba estaba a dos nefastas horas de mi ciudad y, por tanto, de todos mis amigos, así que cuando decidieron venir a verme estaba claro que lo teníamos que celebrar. Y digamos que esa noche nos pasamos celebrándolo. Nunca antes me había pasado, pero al día siguiente estaba fatal. No sé qué es lo que me sentó tan mal (probablemente la combinación de todo...) pero estaba empezando a plantearme empadronarme en mi cuarto de baño, ya que parecía que nunca podría salir de allí por las náuseas que tenía, cuando Xau apareció con una brillante frasco de Eno digestivo. Si os digo la verdad, nunca antes lo había tomado, e incluso a día de hoy no tengo claro de para qué sirve ni cómo funciona, para mí siempre había sido algo "para personas mayores". Pero en aquel momento, todo lo que me pudiese hacer sentir un poco mejor me valía. Lo probé y al cabo de un rato la mejoría era increíble. Yo alucinaba. Al final ese día incluso pude salir de casa y todo, así que fue mano de santo. Desde entonces para mí el creador del Eno es un santo.





4. Los tapones para los oídos.
Siempre has sabido de su existencia pero nunca te habías planteado usarlos. De hecho, es probable que no sepas ni dónde se venden. No te preocupes, yo tampoco lo sabía, lo tuve que buscar en Google. Siempre he tenido el sueño ligero, hasta el extremo de tener que desenchufar la tele del cuarto por la noche porque el zumbido de la lucecita roja no me dejaba dormir. Así que imaginaos la papeleta cuando intentaba dormir en aquel primer piso de estudiantes; un entresuelo y con las paredes que parecían hechas de muñecos de falla. Podía hasta los pensamientos de la gente que pasaba por la calle. Era una tortura para mí. Pero al final me compré los tapones, y oye, problema terminado de raíz. Desde entonces procuro tener siempre a mano un par. En el segundo piso en el que viví, en el piso de abajo cada vez que era festivo se llenaba de chavales con ganas de fiesta a saco, así que en vez de pasarme la noche maldiciendo y pensando en formas de exterminio colectivo, yo me pongo los tapones y por mí como si quieren simular una discoteca, que no me voy a enterar de nada. Además, me van estupendamente cuando me voy de viaje y en una habitación compartida de 18 personas en un hostal de Dublín me toca dos camas más allá un alemán enorme que ronca como un rinoceronte, o cuando me permiten ignorar a mis perros por las mañanas cuando ellos deciden que ya he dormido bastante y se ponen a llorar a mi puerta. La verdad, la de mosqueos que te pueden ahorrar. 





Yo en mis tiempos mozos demostrando mi amor por la bolsa de agua

5. La bolsa de agua.
Cuando vives en un piso increíblemente mal aislado, en un invierno que pasará a la historia por tener el mayor combo de olas de frío polar que puedes recordar, y tus compañeras de piso están obsesionadas con ahorrar en gastos hasta el punto de que deciden prohibir en el piso cualquier uso de estufas, radiadores o aire acondicionado, la bolsa de agua puede salvarte la vida. Sí, será una cosa de iaios, pero ellos son los que más saben. La llenas de agua hirviendo y te la pegas al cuerpo como harías si fuese Ewan McGregor, y enseguida notas el calorcillo. Y por la noche la metes bajo las mantas de tu cama, a tus pies, y así ya no duermes encogido. Yo me dediqué a pasearme con ella arriba y abajo por toda la casa, no me separaba de ella ni un momento. Además, vaya forma tan estupenda para no levantar sospechas en tus compañeras de piso sobre todo el tiempo que tienes la estufa encendida cuando ellas no están.

3 comentarios:

  1. Jajajajjajaj, tu foto con la bolsa de agua es buenísima XD. Pues yo nunca he sido ni de usar las bolsas ni los tapones jajaja, pero tiempo al tiempo, quien sabe... XD

    Lo del taper y el micro de acuerdo al 100% XD

    Un besito ^^

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  2. Yo me declaro tupper-dependiente (y orgullosa)! obviamente también necesito al microondas para subsistir xD
    En cuanto a lo de la bolsa de agua tomo nota! porque yo he sufrido los efectos adversos del instinto ahorrativo de mis compañeras de piso jajajaja
    Muy divertida la entrada
    Un saludo ;)

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  3. jajaj Lo de los tapones es un clasicazo. Yo aguanté sin ellos hasta el tercer año de convivencia, pero en uno de los pisos que viví éramos 7 y todos juerguistas. Casi no sobrevivo a ese año! XD
    Mira lo que no he probado nunca es lo de las bolsas de agua, los dos primeros años que pasé fuera de casa no teníamos calefacción pero tirábamos de calefactores eléctricos… por suerte nunca conviví con gente excesivamente tacaña.
    Ahora no imagino mi vida sin calefacción, se ve que estoy vieja jajaja

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